SAN ANTONIO, EL SANTO DE LA PROMESA SENCILLA
Hay días en los que la fe toma cuerpo en gestos humildes. Y en San Roque, cada 13 de junio, ese gesto tiene nombre y lugar: San Antonio de Padua, en la capillita que descansa al costado de la Ruta 12 en el km 902, en ese pedazo de suelo donado por la familia Pasetto, donde el trajín del asfalto parece detenerse un momento para honrar lo eterno.
Esa capilla, sencilla y serena, guarda una imagen donada por la familia Penzo, y desde entonces, es refugio de esperanzas, de agradecimientos silenciosos y de promesas que nacen desde lo más profundo del corazón. No hay grandes templos, ni vitrales, ni techos altísimos. Pero hay fe. Y hay pueblo.

Cada año, los sanroqueños se acercan hasta allí. Algunos a pie, otros en bicicleta, algunos con flores, otros con una vela encendida en la mano y un deseo en el alma. Nadie pasa por ese lugar sin mirar al santo. Porque San Antonio, además de ser el patrono de los objetos perdidos, también es buscador de amores, sanador de ausencias, y protector de los caminos.
El 13 de junio no es un día más en nuestro pueblo. Es un día en que recordamos a nuestros mayores rezándole a San Antonio por el bienestar de sus hijos. Es un día en que las madres, además le piden pan y trabajo para sus hogares. Es un día en que el santo escucha, porque el pueblo habla desde el corazón.
En cada oración, en cada suspiro, en cada paso que se da hasta esa capilla, va también la historia de un pueblo que no olvida, que sigue creyendo, que se aferra a sus tradiciones como quien abraza a un viejo amigo.

San Antonio vive en esa esquina de fe que hemos construido entre todos. Vive en la mirada agradecida del que vuelve a cumplir una promesa. Vive en el alma sanroqueña que no olvida que la fe, cuando es verdadera, no necesita estridencias. Basta un santo, una capilla y un pueblo que crea.






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