En tiempos de piedras y silencios, “El que esté libre de pecado…”
DEL EDITOR
Una verdad incómoda: nadie está del todo limpio.
En estos días, donde la tradición cristiana invita a la introspección, a la revisión de actos y pensamientos, resuena con fuerza una de las frases más desafiantes del Evangelio: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que le arroje la primera piedra”. No se trata solo de un pasaje religioso, sino de una advertencia atemporal, profundamente vigente en la sociedad actual. No es solo un llamado al perdón o la compasión. Es, sobre todo, un espejo incómodo. Y vaya si hoy sobran las piedras... y escasean los reflejos. La frase, milenaria y simple, carga con una verdad incómoda: nadie está del todo limpio.

Sin embargo, vivimos tiempos en los que el juicio se reparte con ligereza y se ha vuelto costumbre, como si señalar al otro sirviera para olvidar las propias manchas. Desde redes sociales hasta conversaciones de mateadas o discursos políticos, se multiplican las voces que señalan con severidad. Se condena al otro con fervor, sin pausa, sin matices. Pero pocas veces esas mismas voces se detienen a revisar su propia historia. Todos opinan, muchos condenan, pocos se miran. Porque si realmente lo hicieran, verían que también cargan lo suyo: secretos bajo la alfombra, incoherencias camufladas y silencios convenientes.
Hay actores públicos, quienes se sientan en sillas que no les pertenecen, y que presiden espacios con discursos de pertenencia férrea, que ondean banderas que no los reconocen, pero igual se arrogan el derecho de corregir a otros, representando estructuras que, en el papel, no los contienen. Una contradicción que, aunque maquillada con discursos de unidad o pragmatismo, plantea preguntas sobre la coherencia y la transparencia que se exige a otros con tanta severidad. Hasta habitan estructuras que dicen representar, con raíces aún vivas en terrenos ajenos, aunque juren fidelidades cada vez que se encienden los micrófonos.
Y están también los que enseñan con voz severa, que educan y escriben su nombre con tinta de virtud, pero callan cuando el reflejo de la sangre propia les devuelve una historia que nunca se animaron a revisar. Levantan la bandera de la ética con fuerza, desde roles de formación y ejemplo, repiten consignas de lucha contra la corrupción, y, sin embargo, callan —o eligen olvidar— lo que han vivido puertas adentro. A veces, las grietas más profundas no están en donde se piensa, sino en las memorias selectivas: historias familiares marcadas con episodios tan graves como los que se denuncian, son armónicamente guardadas bajo alfombras de conveniencia moral, bajo el manto del silencio, mientras se exigen cuentas ajenas con indignación impostada. Porque es más fácil gritar “transparencia” que aceptar el barro seco que quedó en los zapatos familiares.
En este contexto, cabe recordar que la integridad no es solo lo que se dice, sino lo que se sostiene con el ejemplo. La vara con la que medimos a los demás debería ser la misma con la que aceptamos ser medidos. De lo contrario, lo que se presenta como indignación ética se convierte en simple oportunismo, erosiona la confianza y desnuda la hipocresía. Porque no se trata de callar los errores, sino de reconocer que todos tenemos un espejo incómodo al que mirar. Y que antes de levantar una piedra, conviene revisar si no la estamos cargando desde hace tiempo en la mochila.
Y no faltan tampoco aquellos susurros disfrazados de opinión que se cuelan entre sombras, ecos de viejas figuras, agazapadas en el anonimato. Sin rostro ni nombre, pero que murmuran con fuerza. Nacidos más del rencor que de la convicción, su memoria, selectiva, olvida los excesos, los beneficios propios y el círculo íntimo que supo disfrutar de un tiempo de abundancia para pocos. Hoy, enmascarados de moralistas, intentan recuperar con lengua afilada lo que perdieron con urnas abiertas. Voces que olvidan el desorden que dejaron a su paso, despilfarro en nombre del poder y las prebendas compartidas en mesas de pocos, derroche, que no fue inocente ni desinteresado y benefició huellas que hoy se prefieren borrar. Son los mismos que ahora deambulan entre los restos de aquellas farras y merodean los márgenes, aspirando a recobrar protagonismo desde la trastienda de los excesos, como si la memoria colectiva pudiera comprarse con nuevas promesas.
Y como si todo esto fuera poco, en medio de este clima de duelo, donde la partida reciente de Francisco ha encendido una oleada de homenajes repentinos, un eco de silencio entre quienes de verdad lo conocieron o valoraron su paso, no faltan quienes se apresuran a levantar su imagen en alto. Y así se llenan los muros con imágenes suyas, se multiplican las frases trilladas... gestos que muchas veces no nacen del dolor genuino sino del deseo de figurar, como si una publicación los absolviera, como si esa cercanía digital les garantizara un rincón preferencial en el paraíso o los alejara del juicio moral. El protagonismo de la pena, en algunos, no es más que otra forma de vanidad, disfrazada de respeto. No santifica. Ni garantiza el cielo, ni limpia la culpa. El luto verdadero no busca aplausos.
Vivimos rodeados de espejos rotos. Cada fragmento devuelve una parte de lo que somos, pero muchos prefieren mirar el reflejo ajeno antes que juntar los pedazos del propio.
Este tiempo debería invitarnos a la pausa, a bajarle el volumen al ruido externo y mirar un poco más hacia adentro. Tal vez sea un buen momento para recordar que, antes de lanzar la primera piedra, conviene revisar si no llevamos una pesada en el bolsillo… o un silencio cómplice bajo la alfombra.
En los pueblos, en la política, en la vida cotidiana, el juicio apresurado siempre dice más del que acusa que del acusado. La verdadera honestidad no grita ni se exhibe; se vive, incluso en silencio. Y mientras tanto, las piedras siguen volando… lanzadas por manos que jamás se atreven a abrir las suyas.






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